32 años después, la fe y la esperanza se apoderan de la CDMX por un sismo

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Ciudad de México. 20 de Septiembre del 2017. – 32 años y 6 horas tuvieron que pasar para que la Ciudad de México sintiera con temor la fuerza de la naturaleza, pero también la esperanza y solidaridad de sus ciudadanos.

Un sismo de 7.1 grados cerca de Morelos y Puebla revivieron aquella tragedia del 19 de septiembre de 1985, justo un par de horas después de la conmemoración de aquel devastador terremoto.

Y aunque el caos y los daños volvieron a aparecer, ni las manos ni mucho menos los corazones de cientos, miles, de capitalinos se doblegaron y, por el contrario, se unieron para ayudar.

Por las noticias y redes surgían los reportes de derrumbes. El transito lento, casi detenido, en Periférico, Revolución, Patriotismo o Insurgentes permitía escuchar el radio de los autos dando las primeras informaciones, pero en cualquier punto que fuese, los ciudadanos ya estaban ahí.

Con mochilas a la espalda, sin dinero o ya sin pila en su celular, decenas de personas hacían fila para sacar escombros de los edificios que se vinieron abajo en colonias como Condesa, Roma o Doctores.

El Ejército, la Marina, Cruz Roja, Bomberos y rescatistas estaban como siempre presentes ante la emergencia. Sin embargo, el grueso de este apoyo estaba conformado por estudiantes, peatones, oficinistas y ciudadanos extranjeros.

En la colonia Condesa no importaba quién eras, a todos les regalaban un cubre bocas o les pedían no usar su celular por las fugas de gas que había en la zona. Carritos del Superama que se encuentra a unas calles servían como carretillas para sacar escombros, de la misma manera que cientos de personas pasaban de mano en mano restos de tabiques y escombros de un edificio colapsado.

En el centro del Parque México, más ciudadanos llevaban agua y comida que luego trasladaban frente al recinto Plaza Condesa para alimentar e hidratar a los cientos de voluntarios y socorristas.

A pesar de que cada dos cuadras había una casa o un edificio acordonado por los daños en su estructura, la Condesa no era la única zona dañada. En la Roma, en la esquina de las calles Medellín y San Luis Potosí una tienda de Colchones Atlas también colapsó.

Ernesto tiene su puesto de revistas del otro lado de la calle, justo frente a la extinta tienda. Al menos una persona murió en el lugar, dice.

“Una señora que vendía dulces en la entrada se regresó por su mercancía. ¿Cómo iba a saber que se le iba a venir eso encima?”

Unas cuadras más al sur, en Viaducto y Monterrey se vivía al mismo tiempo una de las escenas más fuertes. Un edificio de varios pisos, con al menos 10 despachos se derrumbó también con empleados en su interior.

Sobre la lateral de Viaducto, familias de la zona montaron un pequeño centro de acopio para ayudar a los rescatistas y voluntarios. Agua, leche, jugos, sueros, galletas, cuernitos de jamón o sándwiches de atún improvisados, llenaban las pequeñas carpas blancas.

A tan solo unos metros, la angustia y la esperanza convivían al mismo tiempo.

“Agua”, grita un bombero. “Agua”, “agua”, “agua”, “agua”, replicaban cientos de voces. Inmediatamente volaban botellas y civiles corrían con empaques para satisfacer la sed de los trabajadores.

Lo mismo ocurría cuando alguien pedía un bote o una pala para sacar escombros. Del otro lado del edificio era el mismo procedimiento, pero acá con guantes, picos, polines o lámparas, muchas lámparas.

En esta noche todos son iguales, el militar camina junto al estudiante de medicina de La Salle, el joven ciclista con su casco muy bien puesto y la caravana de motociclistas llegaron para ayudar.

Sobre los escombros del inmueble, un rescatista se desliza por un pequeño espacio entre lo que queda del segundo y el tercer piso del edificio de despachos. Mientras él va entrando, bomberos ayudan a apuntalar con polines las dos lozas entre ambos niveles para que no pase otra tragedia.

Desde adentro, el “Topo” pide un tubo de PVC. La voz se corre de inmediato y afuera todos gritan por uno; de mano en mano el plástico blanco de más de metro y medio de largo llega hasta él.

“¿Hay alguien ahí?”, grita el rescatista a través del tubo esperando que su longitud y las vibraciones sonoras que mande lleguen a los sobrevivientes. Y lo logra, hubo respuesta.

De lo alto del edificio, otro rescatista levanta la mano con el puño cerrado. Una señal que repiten todos a su alrededor para guardar silencio. Se escuchó a alguien atrapado en el interior del edificio.

Todos gritan y aplauden pero el entusiasmo se convierte en más ganas de ayudar y rescatar a los sobrevivientes.

Algunos afortunados con señal en su celular cuentan que ya hubo rescates en otros puntos de la capital; lamentablemente también llegan las noticias de niños que perdieron la vida en una escuela. Aquí todos esperan dar la nota agradable.

El jefe de mantenimiento del edificio llega y dice que al menos 5 personas de su equipo de trabajo están adentro del edificio, pero sabe que al menos en otras 7 oficinas había más personas. La información suena devastadora, pues los rescatistas solo han ubicado a un par de todos ellos.

El edificio de al lado también tiene peligro de derrumbe y el olor a gas regresa constantemente. Sin embargo, nadie se va, nadie se quiere alejar pese a las peticiones de la gente de Protección Civil.

Y es que hoy la Ciudad de México los necesita. Cientos de familias ven en esos voluntarios que pasan hambre y frío la esperanza, tal vez mínima, de reencontrarse con algún ser querido.

Pues hoy, como hace 32 años, la fe y el amor están puestos en esos cientos de capitalinos desconocidos que dan todo por encontrar una mínima señal de vida dentro de los escombros.

*Información tomada de Nación321

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