Ayer y Hoy: Política y Guerra

    Vencer o morir era la frase más utilizada por el código “ético” de guerra, que enaltecía el supremo sacrificio.

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    Por Baltasar Hernández Gómez

    En la antigüedad la política y la guerra eran cuestiones de interés para defender o conquistar territorios, bienes y poder, teniendo una supuesta connotación de honorabilidad y lealtad donde lo importante radicaba en desarrollar valentía al extremo.

    Los hombres requerían de bloquear la sinrazón del miedo y entregarse íntegramente en cada combate convocado por sus superiores. Muchas personas fueron literalmente empujadas a la guerra por voluntad del mandatario en turno, que era disimulada por el grito del bienestar general, fuera éste de tipo económico o simplemente por “deseo divino”.

    Vencer o morir era la frase más utilizada por el código “ético” de guerra, que enaltecía el supremo sacrificio. El hombre era antes que nada un sujeto que se debía a la comunidad y si ésta requería de su entrega, tenía que abandonar propiedades, familia e intereses, para ir a la batalla.

    Más allá de los épicos recuentos literarios, cantares, leyendas de boca en boca, programas televisivos y películas, que subrayan el arrojo de los héroes; lo cierto es que los combatientes perdían la vida o la capacidad para continuar con el status quo impuesto por los detentadores de Poder.

    La concepción política al igual que la guerra estaba basada en signos y señales de integridad donde lo más trascendental era la entrega. No había justos medios ni capitulaciones: era ganar o perder.

    Así pues, el “ciudadano” valía en razón de su pertenencia incondicional a las exigencias del soberano. El todo era la suma multiplicada de las acciones de cada uno de sus miembros, en una especie de engranaje sinfín que se renovaba o se extinguía.

    Como es posible imaginar, las historias que nos llegan hasta nuestros días no relatan la dimensión de horror de los hombres y sus familias ante la dinámica de las guerras. La mayoría de las ocasiones los hombres luchaban hasta la muerte sin saber realmente los motivos de la guerra o la lucha política entre los miembros de la clase dominante.

    La hegemonía siempre forjó intereses que se hicieron pasar como válidos, entrelazando con ello la voluntad de actuar a favor de “las causas más elevadas”. Muchos guerreros de la antigüedad, soldados y militantes políticos perdieron la vida sin conocer las causas de la guerra.

    Fenecieron sabiendo algunos efectos, pero no el trasfondo de los asuntos privados, que les fueron inculcados como públicos. Después de que apareció Nicolás Maquiavelo se produjo una verdadera escisión en la concepción de la guerra y la política, toda vez que el sujeto social que aspiraba a tener Poder no debía guiarse por símbolos de virilidad o estoicismo, sino por la eficacia para alcanzar fines, a través de medios concretos, que no tenían nada que ver con valores morales, religiosos o cívicos.

    Desde hace 100 años, la política y la guerra no siguen más las pautas del honor. Ya no hay espartanos asaltando las colinas enemigas; samuráis galopando contra los shogunatos rivales, ni caballeros con armaduras resplandecientes rescatando princesas.

    La guerra es hoy en día un acto eminentemente político de los Estados nacionales para conseguir fines económico-expansionistas.

    Los soldados van ahora al campo de batalla preparados para defender la noción de patria infundida desde su temprana edad: unas veces en tanques, otras en vehículos aéreos y hasta en forma virtual, pero con la energía que se origina de “hacer lo correcto”. Claro está que ahora el soldado también tiene un salario y un nivel socioeconómico qué cuidar.

    En la política, el “todo o nada” fue exterminado para situar a la negociación como eje estratégico, para desarrollar una constante “guerra sórdida” de protocolos. Las elecciones, alternancia, transiciones, simulación en los medios de comunicación y educación y cultura de masas fueron erigidas como las llaves para obtener legitimidad y legalidad. De tal forma que se constituyó el paradigma de actuar en política con el menor daño posible.

    Todo acto político va a ser medido por el costo-beneficio: ninguna factura debe ser mayor al valor de los productos que se consiguen. La filosofía administrativa que establece que el precio por el Poder no debe generar desequilibrios ha funcionado como acicate para líderes y gobernantes, para no quedarse en el limbo en caso de no alcanzar éxito en sus cometidos, sino a lo sumo, aguardar mejores condiciones materiales.

    El tradicional juego de la pirinola donde “Todos ponen” o “todos se mueren” quedó atrás, para dar paso a la estrategia de no poner todo ni morirse en el intento. La política está sujeta ahora a los cánones impuestos por la democracia: el voto, la ganancia de la legitimidad por el marketing, la lucha entre partidos, la diplomacia y el recurrente ir y venir de incursiones bélicas, son los elementos más visibles en las sociedades modernas.

    El estoicismo fue cambiado por el slogan; la valentía de empuñar el arma por el micrófono que anuncia discursos proselitistas, y el honor pasó a ser la transmisión de plataformas sociales para mejorar futuros. Ya no se necesitan gladius, corazas o armaduras para ganar batallas, pues la palabra, imagen, color y movimiento de partidos y candidatos en campaña son suficientes para ganar o perder sin que ello signifique quedarse en el vacío.

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